“No le busque explicaciones científicas, sólo estoy viejo y cansado”, le dijo el niño al psicólogo, mientras lo inquietaba con su gastada mirada. La madre ya no sabía qué hacer; no podía entender por qué su hijo de ocho años actuaba como si tuviera ochenta: caminaba lento, con la cabeza gacha y arrastrando los pies; olvidaba las cosas y tosía como viejo; no quería dibujar, jugar o mirar tele; no le gustaba hablar mucho, en realidad era preferible que no lo hiciera. Cada vez que abría la boca deprimía hasta a la persona más optimista, por ejemplo a Julián, su tío. Éste se negaba a visitar al niño porque decía que lo “tiraba para abajo” y eso se notaba en la tele, donde conducía un programa.
Faltaban siete días para su cumpleaños número nueve y el tío Julián ya estaba pensando cómo justificar su ausencia: los ensayos del programa, o del teatro. De nada valieron las excusas cuando su hermana le dijo que si por lo menos no se dignaba a saludarlo se quedaría sin sobrino. Esto lo preocupó ya que no le haría bien a su imagen pública.
La semana pasó pronto. De regalo le compró una boina sin importarle que esto no le caería bien a su hermana por incentivar la prematura vejez. Sólo imaginar al niño con la boina puesta lo hacía lagrimear de la risa. Quien conoce a Julián, sabe que detrás de ese simpático personaje se esconde un ser oscuro y despreciable.
Horas antes del estreno de su obra, Juli pasó por la casa de su sobrino para darle la boina pensando que la risa provocada por vérsela puesta compensaría la yeta que, según su parecer, el niño traía y así todo saldría bien en el teatro.
Terminado el trámite, se encontraba Julián en su camerín maltratando a los utileros y acosando a la maquilladora, cuando le avisaron que se preparara porque la sala estaba llena. Si bien era una buena noticia, no se esperaba otra cosa ya que el teatro tenía pocas butacas. Al salir a escena, contó su primer chiste para romper el hielo: “Buenas noches y bienvenidos al mejor teatro de revista. Recién hablé con Alberto Revista y me dijo que efectivamente éste es el mejor de sus teatros.” El público enmudeció; las esperadas risas no aparecieron. Solo se escuchó una tos seca y muy llamativa que rompía el silencio. Se trataba de su sobrino, quien, con la boina puesta, lo miraba fija e inquietantemente. Esta vez, el tío Juli no rió.
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