“¿Que no me animo, decís?”, gritó Albertito segundos antes de acercarse a la rubia de sexto grado y bajarle la pollera. A sus diez años, el pibe no resistía un “a que no te animás a...” y nosotros nos aprovechábamos de eso. “A que no te animás a pegarle el chicle en el pelo”; “A que no te animás a robar el alfajor”. Parecía no tener límites. Tengo para mí que pensó una vez en tratar de no dejarse llevar por nosotros; pero no le dimos tiempo.
Queríamos saber hasta dónde llegaba su inconciencia. Entonces, plantear un buen reto resultaba a la vez un reto para nosotros. “A que no te animás a prender fuego la bandera del cole”; “A que no te animás a escupir al director.”
Albertito fue el primer alumno expulsado en quinto grado, por lo menos en mi pueblo.
Si no estudiás, trabajás; siempre fue así. El pibe empezó a atender el quiosco de diarios de su papá. Siempre lo cruzábamos y como para no perder la costumbre nos seguíamos divirtiendo con él, o a costas de él. Una vuelta le dijimos: “A que no te animás a prender fuego a ese gato.” Se le iluminaron los ojos; odiaba a esos animales. Agarró sus fósforos –fue el primero en fumar a su edad, por lo menos en mi pueblo- y ágilmente atrapó al felino; sin perder tiempo, encendió su cola y lo soltó. El animal corrió hacia el quiosco de diarios y al segundo todo estaba en llamas. El gato se salvó, pero los diarios y la estructura del puestito no corrieron con la misma suerte. Albertito fue el primer pibe de diez años encarcelado por pedido expreso de su padre, por lo menos en mi pueblo.
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