viernes, 3 de agosto de 2012

El hijo del tender

EL HIJO DEL TENDER (Cuento Infantil) Autor: Pablo Ignacio Meza Con su bastón de ciega gigante, la Justicia suele hacer más que tantear el piso. De vez en cuando se lo presta a su amigo el Monigote Enojado quien se lo pone de sombrero y hace equilibrio para que no se le caiga. Un día, el Monigote Enojado sintió un gran peso extra sobre su cabeza y pensó: “No puedo creer que esté volviendo a pasar”. Creyéndolo o no, estaba ocurriendo de nuevo. Cada tanto, un Bob Esponja en tacos, inmenso, re ido y sin manos se posaba sobre el bastón y se divertía haciendo equilibrio sobre la cabeza del Monigote Enojado. Si había una causa de su enojo, era este Bob Esponja sin manos. Por lo menos así lo suponía la víctima. Bob Esponja en tacos no suponía nada porque estaba re ido, re pasado, desorbitado. Era tal el enojo con el que vivía el Monigote que no podía más que rumiar y rumiar. No sabía ni dónde estaba parado. Y cuando aparecía Bob la situación empeoraba: si miraba hacia abajo para ver dónde pisaba, el bastón de la Justicia caería y tras él, un Bob Esponja en tacos lo aplastaría. Esto alimentaba aún más su enojo, avanzando en una espiral enojona ascendente sin fin. Era tal la bronca del Monigote que llegó al punto de levantar el dedo acusador y poner el otro brazo en taza. Al día siguiente, la Justicia, ciega y gigante, llegó a los tumbos a sacarle su bastón al Monigote Enojado y él se quejó: “No es justo que me quites mi entretenimiento”. A lo que la Justicia, socarrona, le respondió: “¿Justo a mí me venís con lo justo?”. Después de varios intentos, la cieguita logró encontrar su bastón en la oscuridad y quitárselo de la cabeza. Inmediatamente, el Bob Esponja en tacos cayó sobre el Monigote Enojado y lo plastó. Nada le pasó a ninguno de los dos. Recordemos que un monigote está compuesto por líneas y Bob es una esponja. Estando en el piso con una esponja gigante sobre sí, por primera vez el Monigote Enojado se vió obligado a ver dónde había estado parado toda su vida. Era una superficie extraña, rugosa, gris. Un recuerdo lejano apenas lo rozó, pero no pudo atraparlo. Apoyó su oreja sobre el suelo y escuchó latidos. “¿Latidos?”, pensó. “¡Estoy pensando!”, pensó. Nunca, por su enorme y constante enojo, había observado un pensamiento. Levantó un poco la cabeza y sintió que el suelo se movía. Era leve, pero se sentía. Un lejano sonido le daban ganas de hacer pis. Era un chorro de... algún líquido cayendo en... un balde o algo así. La curiosidad por saber era mayor que el enojo de no poder sacarse de encima a Bob. Eso le permitió pensar cómo salir de ahí. Decidió escabullirse entre los huecos de la esponja gigante y así encontró la salida. “Pobre Bob Esponja en tacos, -pensó- no puede hacer nada porque no tiene manos.” A Bob Esponja en tacos no le importaba; estaba demasiado ido, demasiado sedado, con la mirada perdida, como es usual en él. Una vez incorporado, el Monigote curioso se dedicó a investigar su ubicación. “¿Dónde estuve todo este tiempo? ¿Qué será ese sonido líquido?”, pensó. Caminó por un rato todavía con un brazo en taza pero ya sin el dedo acusador, hasta encontrar unas... algo como... ¿banderas, quizás?, que flameaban con intervalos de dos a tres segundos. Eran del mismo material que el suelo, muy grandes y redondeadas. El recuerdo que antes lo había rozado, ahora lo tocaba: “Me hacen acordar a algo de mi infancia”, pensó y se emocionó. Recordó la mascota que tenía cuando era chico: un elefante. “¡Es eso! ¡Es la piel de un elefante! ¡Estoy parado sobre un elefante y eso que flamea son sus orejas!”, gritó. Sus dos brazos estaban en alto y la expresión de su cara ya no era de enojo. “Pero, ¿el sonido líquido?”, pensó, y corrió por primera vez hacia la cabeza del elefante gigante que lo había cuidado toda su vida sin él siquiera sospecharlo. A medida que se acercaba, el sonido líquido se hacía cada vez más y más fuerte. Nunca un monigote había corrido tan rápido sobre la piel de un elefante gigante. Finalmente llegó a un punto panorámico y vió algo increible: el inmenso animal estaba haciendo equilibrio en el hilo de un tender. “Sostiene a un elefante. ¿De qué material será el hijo del tender? Dije hijo en vez de hilo. ¿Por qué será? ¿Tendrá un hijo el tender? ¿Quién lo cuida cuando el papá se va a trabajar?”, pensó. Maravillado por todo, trepó hasta la punta de una de las orejas desde donde vió que la trompa era desproporcionadamente larga y de su extremo se vertía un líquido claro y cristalino sobre algo que no alcanzaba a distinguir. Convencido de querer encontrar la verdad saltó hacia la trompa y como por un tobogán gigante se deslizó hasta perder impulso. Estaba en la mismísima vertiente. Desde allí pudo observar que el líquido era agua y que caía como una cascada sobre una regadera latosa también gigante. “¿Se terminará alguna vez este agua? ¿Para qué se usará una regadera de ese tamaño?”, pensó. Sin saber cómo continuar su viaje, se estaba empezando a enojar un poco. Era demasiada la altura. Entre dos y tres segundos después, la trompa empezó a bajar suavemente hasta dejarlo a tiro de piedra del canto de la regadera. “Vamos, elefante, me trajiste hasta acá... arrimame un poco más para poder bajar”, dijo el Monigote. El elefante accedió. La tristeza que sintió el animal por separarse de su protegido, de quien había cuidado tanto tiempo, hizo que el chorro de agua se cortara. El Monigote tomó conciencia de todo el amor que ese gigante le había entregado en su vida y él, por ser un Monigote Enojado, ni siquiera se había dado cuenta. Al mirarse entendieron que un ciclo había terminado y a la tristeza le siguió la aceptación de lo inevitable. El elefante caminó por el hilo del tender hasta desaparecer. El Monigote estaba en la cima de una regadera latosa gigante. Parecia estar apoyada en una mesa. “¡Es la mesa de mi casa!”, Pensó. Recordó el hogar donde había crecido y se emocionó. “Pero, ¿cómo bajo hasta la mesa?”, se preguntó. Enojado gritó: “¡Es injusto llegar hasta acá y no poder seguir!”. Una vez más, apareció la Justicia con su bastón de ciega gigante y le dijo: “¿Otra vez con eso de justo o injusto, Monigote? Dejá que eso lo decida yo. Vos ocupate de solucionar los problemas que se te presentan. Y si no podés, pedí ayuda. Vas a ver cómo llega”. La Justicia tomó su bastón, con el que tantas veces el Monigote Enojado había hecho equilibrio en su cabeza, lo apoyó con una punta sobre la mesa y la otra sobre la regadera. Así, con la ayuda de la Justicia, el Monigote pudo bajar hasta la mesa de su infancia. “¡Mi mesa! ¡Qué linda!... Pero, ¿ya está? ¿Llegué?”, se preguntó. Y la respuesta vino cuando se le ocurrió mirar hacia abajo desde el borde de la mesa. El mueble estaba apoyado sobre una alfombra gigante, como todo aquí, todo menos el Monigote. “Es una alfombra flotando sobre la nada en el medio del espacio. ¿Qué me puede pasar? Yo me tiro”, pensó y se tiró. En caida libre recordó todo por lo que había pasado: su etapa de Monigote Enojado, entretenerse con el bastón de su amiga la Justicia, el ido de Bob Esponja en tacos, su amigo el Elefante trompudo equilibrista, el agua, la regadera latosa, la mesa... Y cayó sobre la suave alfombra que lo sostenía todo. “Estoy vivo”, reaccionó. “Estoy acostado sobre una alfombra que flota en el medio de la nada. Pero, ¿por qué flota?”, pensó. “La alfombra flota porque no se anima a volar”, se respondió. En ese mismo momento la alfombra se sacudió tan fuerte que la mesa que sostenía voló hasta el infinito con la regadera, el agua y una nube de polvo que venía acumulando desde hacía años. Pese a eso, el Monigote no salió despedido. “¿Cómo soporté una sacudida así y la mesa gigante no?”, se preguntó. Cuando intentó mirar su brazo de monigote para ver si seguía en su lugar, no lo encontró. “¡Mi brazo!”, se alarmó. Quizo mirar el otro, tampoco estaba. Sus pies, sus piernas, ya no estaban. “¡Qué me pasó!”, gritó. “¡Todo por esta alfombra!”, pensó. Cuando la quizo ver, tampoco la encontró. Se desesperó. “¡Dios, ayudame! ¡Decime qué me pasó! ¡¿Dónde estoy?! ¡¿Quién soy?!”. Inmediatamente, como si lo hubieran escuchado, se tranquilizó. En cuanto se calmó, tomó conciencia de que se había expandido, era más grande que aquel monigote. Se dio cuenta de que estaba flotando. Él era la alfombra y estaba suspendido en la nada. “¡Esto es maravilloso! ¡Estoy flotando!”. Un recuerdo lo invadió: “La alfombra flota porque no se anima a volar”. Entendió. “Pasé por todo eso... ¿Cómo no me voy a animar?”. Y el que antes era un simple Monigote preso de su propio enojo, hoy era libre y volaba en la inmensidad del espacio. FIN.

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